San Francisco de Campeche a Viernes 05 de Marzo de 2010


El viejo puente
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 Ha pasado, -déjeme sentirme poeta contagiado por la presencia de José Emilio Pacheco- mucha, que digo mucha, toda el agua del mundo bajo el puente. Por la pista de rodamiento que se transita lentamente en aras –nos han dicho siempre- de no sacudirlo demasiado, es posible ir de tierra firme en Isla Aguada, a Puerto Real en uno de los extremos vitales de la Isla del Carmen. Lleva oficialmente el nombre de su principal promotor y constructor, pero la comunidad por la fuerza de los usos y costumbres termino identificando simplemente como “El Puente de la Unidad”. Puesto en operación en los últimos estertores de José López Portillo y a la mitad de la jornada particular de don Eugenio Echeverría Castellot, el viejo puente va y viene en la agenda de los temas importantes de la isla. De los asegunes no solo están enterados los miembros numerarios de espacios tan reconocidos cómo  aquella del sugestivo nombre de la ”banca de los pájaros caídos”, o cualquiera de los tantos cafés donde suelen actualizar desde muy temprano los isleños sus asuntos. Ni modo de olvidar saludar aquí a los de la “Tasita de Bangkok”.

 
En el ritual que acompaña en los inicios de año, la incertidumbre por conocer la cifra que será destinada para la conservación y mantenimiento del puente sobre un tema que solo puede resultar ajeno para quienes no viven en el rumbo, los paisanos carmelitas no requieren echar mano de las bibliotecas para recordar una historia que de tanto repetirla hoy hasta los niños recitan de memoria. Hay en sus actualizados reclamos una buena y razonable cuota de razón, independientemente de los argumentos exclusivamente técnicos que hoy, veinte y nueve años después de su inauguración, siguen mortificándolos. 
 
De la sabrosa interacción que ahora nos permite la versión electrónica de El Abarrote en el Canal 79 de Cablemás en Ciudad del Carmen, llegan a nuestro buzón historias que no fueron nunca ajenas, -apenas distantes- como la que nos envío el Lic. Manuel Rivero Gil en la que se mantiene intacta la versión que difiere de manera diametralmente opuesta, a la que la gran mayoría de la gente relaciona desde que el puente monumental fue presentado en sociedad, como una de las construcciones más espectaculares del continente americano. Palabras más, palabras menos, una gran mayoría de los isleños, de cuño y los adherentes que se ganaron en el tiempo el derecho al gentilicio, sostienen que la colosal vía registra fallas de origen que hoy con los nuevos procesos técnicos y de participación ciudadana serían impensables.
 
En el menor de los casos, los testimonios repetidos en la tradición oral, afirman que por las prisas de entonces, fueron desechados dos dictámenes de primer nivel realizados a los primeros pilotes sobre resistencia, cemento y corrosión que nunca pasaron la prueba de una compañía estadounidense y otra no menos importante de la mismísima Facultad de Ingeniería de la UNAM. Confeccionados ahí mismo, en Isla Aguada a un costado de donde ahora se ubica la caseta de cobro, y proyectados originalmente para uso razonable de  cincuenta años, la estimación fue –dicen los que saben- reducida a la mitad. Sumando y restando sobre este mismo argumento, el puente habría rebasado ya en el 2007 la existencia útil, y mereciendo desde entonces diagnósticos más profundos, por encima de las manitas de gato que poco contribuyen a fortalecer la confianza de todos los que a diario van y vienen sobre él.
 
De las cuestiones meramente técnicas que incluyen el sistema de “siembra” de los pilotes originales con los monumentales martillos hidráulicos con el que fueron sepultados en el fondo fangoso y rocoso marino, debilitando y cuarteando –dicen ellos- las raíces del puente, y que podrían poner a pensar o al menos cuestionar sobre la repetición de la misma técnica para fortalecer a la vieja construcción, ahí vienen  de la mano otros asuntos no menos importantes, como el igualmente viejo reclamo por disfrutar del beneficio de la gratuidad para ir y venir, al menos para los residentes de la isla y los pobladores de Isla Aguada en tierra firme que se lograría con solo trasladar la caseta de cobro a la entrada del poblado en la dirección Campeche-Ciudad del Carmen. Es, dicen los paisanos carmelos para fortalecer su propia versión, la única ciudad de México en donde los lugareños tienen que pagar una lana para entrar  y otra similar para salir. El rollo insisto, para los que no vivimos ahí, pueda ser novedad para muchos, pero en la mesa del café si usted se anima a discutir con ellos, se verá abrumado y perdido desde el primer round de la discusión.
 
Por si lo anterior fuera poco, para los lugareños es una playa común el discutir sobre lo que ellos llaman beneficios en la administración del puente delegado en uno de los muy escasos ejemplos de este país a un gobierno estatal. Sin necesidad de calculadora, enterados e improvisados en el tema calculan las ganancias generadas por la operación del puente de la unidad en, -centavos más, centavos menos- 150 millones de pesos al año de los que igual, como el caso del petróleo se sienten con derecho a preguntar. 
 
La  advertencia de los pesimistas sobre la posibilidad de que el puente de la unidad pudiera –Dios nunca jamás lo quiera- correr la misma suerte del que se vino abajo apenas en julio del año anterior sobre el Rio Tonalá entre los límites de las ciudades de Coatzacoalcos y Villahermosa sigue vigente y es contada con la misma carga de dolor con que recuerdan el hundimiento de la panga a unos cuantos metros del muelle en agosto de 1980.
 
Mi correo electrónico: manuelcruzbernes@hotmail.com